La sombra: lo que no nos permitimos sentir

 

Carl Jung denominó "sombra", al conjunto de aquellos aspectos internos que permanecen inconscientes porque son inaceptables para la conciencia: rasgos del carácter, pensamientos, fantasías, emociones...

Y permanecen ocultos, porque si los reconociéramos, cambiaría la imagen que tenemos de nosotros mismos.

 

La sombra también contiene elementos agradables, positivos, que la persona  no se atreve a vivir.

 

En la visión de la Psicología Transpersonal, es importante, cuando se trabaja en uno mismo, detectar la propia sombra, aceptarla  y   hacerse cargo de ella.

El no aceptar estas partes nuestras más primitivas, infantiles, hace que salgan de manera sintomática o proyectada hacia el exterior, hacia las otras personas. Si no acepto mi propia agresividad, me va a molestar muchísimo la agresividad del otro. Si no acepto mis deseos sensuales,  criticaré a los "inmorales" que se permiten vivirlos, etc.

 

Generalmente cuando proyectamos contenidos internos los vemos magnificados en los demás, y reaccionamos exageradamente ante ellos. (Y aceptarlos no significa  actuarlos, sino reconocer y aceptar  su presencia en nuestro interior.)

A veces, en el deseo de  crecimiento interno, se puede dar que en vez de conocer y asumir la propia sombra, ésta se acreciente al no aceptarla, e inflarse el ego. La persona de buena voluntad que quiere buscar su crecimiento, muchas veces encuentra a su paso métodos que proponen, en aras de la evolución, cancelar lo "negativo", y cultivar solamente las emociones "positivas".

Y esto puede ser una autodeformación psicológica, a veces más neurótica que la que la persona tenía antes de intentar el supuesto camino espiritual.

 

En los últimos tiempos, las interpretaciones superficiales de las enseñanzas de Oriente, han instituido la noción de que hay que tener "pensamiento positivo y emociones positivas", eliminando las negativas para no tener "mala energía", o cosas similares. Cuando en realidad, luchar "contra" lo "malo" lo único que hace es que aumente.

 

Una persona evolucionada, no significa que no tenga “emociones negativas”, sino que, aún teniéndolas, se relacionará con ellas de una manera diferente, más saludable y su comportamiento será más equilibrado.

 

Carl Jung (psiquiatra suizo) decía:

 

"Prefiero ser un hombre completo, a ser un hombre 'bueno' ".

 

Estimular la autocreación de emociones "positivas" reprimiendo simplemente las "negativas" es llamado en la Psicología del Budismo, materialismo espiritual: una autosugestión que tiende a romper el equilibrio natural del psiquismo.

 

Ese "ser lo que uno es en realidad" tampoco se trata de hurgar en nuestras partes densas y afirmarnos en ver solamente esa parte.

 

Es tener una visión integral de sí mismo, que abarque  nuestras grandezas y nuestras miserias, o sea  tener una noción objetiva de quién se es, sin distorsiones.

 

Al conocernos de ese modo, amándonos y aceptando todas nuestras partes internas, hace que esto mismo apliquemos en la relación con las otras personas, conociendo sus debilidades y sus fortalezas, viéndolas y reconociéndolas  dignas de amor y respeto, al igual que lo hacemos con nosotros mismos.

A ese amor, amistad incondicional con uno mismo se le llama en oriente Maitri.

 

Esto además de ser  posible,  es la salida del Laberinto.

 

Es importante tener en cuenta que  siempre detrás de una emoción, hay una o varias necesidades insatisfechas, por lo cual las emociones, tienen una intensión positiva, son como una brújula que nos guían hacia la satisfacción de necesidades.

 

Lo que sucede es que, muchas veces esa satisfacción no se hace de la manera más saludable, por la programación que traemos y la manera mecánica e impulsiva con la que generalmente actuamos. 

 

Conectando con esa necesidad insatisfecha, podemos llegar a nuestra infancia, y trabajar con el niño, rescatar a ese niño que ha quedado en algún lugar herido, abandonado, despreciado, maltratado, avergonzado, con falta de aprobación, de cariño, excluido, etc. 

 

 V. Gawel

 

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